lunes 31 de agosto de 2009

CONGRESO NACIONAL DE ESPIRITISMO 1981

CONSIDERACIONES ESPIRITUALES

En el inmenso laboratorio de la Vida, donde la natura­leza se desenvuelve y desarrolla a la perfección sus múltiples actividades, desde el átomo al hombre, desde la forma más ínfima y grosera al ente más perfecto y acabado, nada desa­parece, nada se extingue y muere definitivamente; todo per­manece, todo se renueva y se transforma indefinidamente, sin dejar de ser substancialmente, según sus propiedades voli­tivas y su intrínseco valor genético y vital.

Si tal hecho resulta incontestable, veraz a todas luces para aquellas mentes liberadas del dogma y la pasión, de todo secta­rismo idealista, religioso o profano, creyente o negador, ¿por qué razón, entonces, si es una propiedad del ser humano, ha de dejar de ser, morir el alma; como el materialismo y la igno­rancia humana lo sostienen equivocadamente? ¿Por qué si nada muere y todo se transforma evolutivamente, nos hemos de extinguir psíquica y moralmente; no ser más que una forma de vida intrascendente, frágil y transitoria, de paso nada más? Los humanos, ¿somos o no somos seres inmortales?

La ciencia positiva y materialista, en demasía escéptica, tenaz y conservadora y defensora a ultranza de sus dogmas y axiomas seculares, nos afirma que sí, que nada muere; que todo se renueva y se transforma indefinidamente, pero... en ciclos materiales. Para ella no existe, es una quimera, no tie­ne consistencia ni razón de ser la materia sutil y transparente, el éter impalpable del espíritu humano; la concreción del bien y del amor que el alma humana encarna. Más allá de la muerte, fuera de la materia en desintegración, nada puede existir ni es posible la vida inteligente, ninguna actividad espiritual. ¡Todo se reduce a polvo y sombras...! La nada incomprensible, el vacío infinito, tienen su realidad en las tinieblas, sus cuerpos nebulosos en el eterno ser sólo materia.

Y ante tal paradoja y desatino, falaz afirmación, a cuan­tos sustentamos lo contrario, los espiritualistas de todas las tendencias y matices, sin discriminación, nos cabe el pregun­tarnos: ¿Qué hacemos en la vida? ¿Tiene razón de ser nuestra existencia sin una perspectiva de vida espiritual; sin una recom­pensa justa y equitativa a nuestros sacrificios y renuncias, a nuestra lucha estoica en pro del bien, de más conocimiento y más verdad, de más luz y belleza, de más evolución? ¿Para qué tanto esfuerzo y tanta lucha, tanta desolación, por un soplo de vida transitoria, efímera y fugaz, tan triste y dolorosa, tan in­comprensible y sin razón de ser?

¿De qué nos sirve amar a nuestros semejantes, solidarizar­nos con tal o cuál dolor? ¿Para qué esforzarnos psíquica y mo­ralmente, en todos los aspectos inmortales, transcendentes, si al final de la vida, por toda recompensa, la nada nos espera y tal como sostiene el positivismo no hay renovación espiritual, supervivencia anímica del hombre? ¿No hay premio ni castigo al proceder humano más allá de las leyes del código penal? Ateos y creyentes, justos y pecadores, virtuosos e inmorales, culpables e inocentes, ¿Todos somos iguales al final, por el mismo rasero de la nada insondable medidos y pesados arbi­trariamente?

¡Qué triste panorama el de la vida sin proyección en Dios y el Más Allá...! ¡Qué abanico de sombras y dolor se abre al corazón del ser humano sin la dulce esperanza de un mañana mejor... ¡Qué densa oscuridad en torno al bien y a cuanto mo­ralmente nos eleva, sin una perspectiva de vida ultraterrena, de continuidad espiritual! ¡Qué amalgama de sombras y dolor, de incertidumbres, en torno a nuestro paso por la Tierra!

¿Quién podría vivir sin esperanzas, sostenerse en la vida sin amor y sin fe; sin una certidumbre espiritual en Dios y el bien fundada, que tenga por asiento la razón y el ansia inusitada de verdad; sin una aspiración al Más Allá y el desentrañamiento de las sombras, enigmas y misterios insolubles desde el punto de vista material que envuelven nuestras vidas sin luz de explica­ción?

¿Quién haría posible nuestra estancia en este torbellino de pasiones que al hombre vapulean a placer, haciéndole juguete de las olas del mal y la ignorancia, de la inmoralidad y la ambición, al faltarle el control de sus sentidos: la voz de la conciencia superior, que le haga meditar y elevarse a lo alto en pos de Dios, de información divina y luz certera, de auténtica Verdad? ¿Quién nos confirmaría en el amor a nuestros semejantes, en el servicio altruista de la fraternidad, del sacrificio estoico y la renuncia, teniendo por final de nuestras vidas el espectro maca­bro de la nada insondable, del vacío infinito de la circunferencia insustancial?

Horroriza el pensar tal disparate. La nada incomprensible, el vacío infinito, el cese de la vida espiritual e inteligente, el ano­nadamiento, las sombras de no ser eternamente más que polvo y materia insubstancial, por toda recompensa y estímulo moral al sacrificio humano en pro del bien, de más conocimiento y más verdad, de rnás luz y belleza, de más y más progreso, de más evolución...

¡Cuánta simplicidad, cuánta locura; cuánta pobreza de mente y corazón, cuánta ignorancia alberga en sus entrañas la humanidad terrestre, nuestro mundo insensato y negador!

Más valiera ser piedra y no sentir que vivir y sufrir deses­peradamente y no ser, al final, más que polvo y materia, una prolongación del animal en nuevas y abreviadas formas tran­sitorias, carentes de valor espiritual, de vida elemental y sin razón de ser; minúsculos fragmentos de un ente irreversible que se pierde en la nada del no ser personal y se esfuma en el tiem­po sin razón de existir, de perpetuarse y ser sólo materia.

Mas, afortunadamente, no hay tal disyuntiva, tan negra y tan infausta irrealidad; porque, gracias a Dios, por nuestro propio bien y el de la ciencia que tan absurdo afirma, ésta se equivoca, como tantas veces, se obceca en el error. Porque la vida es una, eterna e indestructible en todo su contexto cosmo­gónico, en todos sus aspectos y vivencias, en toda su infinita variedad y configuración universal. Y el alma, como esencia divina intransmutable, neutra e indivisible, también es inmortal, imperecedera como la propia Vida.

No hay, no es posible que haya desintegración, aniquila­miento del espíritu humano, del ente inmaterial que nos anima y nos conduce al bien por la dulce esperanza de una vida mejor; de nuevas y grandiosas dimensiones de luz y de belleza inenarrable, de perfección moral, más allá de las sombras y el pun­zante dolor en que nos debatimos los humanos.

Dios y la vida eterna, ese Más Allá tan debatido y puesto en cuarentena por tirios y troyanos, por los que lo admiten sin reservas y por los que lo niegan sin razón, afortunadamente, y sin lugar a dudas, son una realidad incontestable, un hecho in­discutible, en todos los sentidos manifiestos, para cuantos ama­mos la Verdad; para cuantos sentimos vocación de altura y sacrificio, de acercamiento al bien y a los demás; para los obre­ros de la evolución; para todos los hombres de buena voluntad y signo espiritual, creyentes en la Vida y el Amor, en la frater­nidad universal y en la perpertuidad del ser humano como ente racional y progresivo, sin desintegración anímica y moral.

Ahora bien: nosotros, los espiritistas kardecianos, forma­dos a la sombra augusta y venerable, gloriosa de Kardec; los que somos llamados a esclarecer al hombre, a dar más luz al mundo sobre la vida eterna y la inmortalidad del espíritu humano; los que más la palpamos, los que más constatamos la vida espiritual, no sin cierto reproche, no sin cierto rubor, hemos de preguntar­nos a nosotros mismos: ¿Demostramos al mundo lo que somos, lo que representamos? ¿Estamos en vanguardia, en línea de combate, con los brazos abiertos y el corazón en Dios, dispues­tos a luchar por la Verdad; por la divulgación de nuestros ideales y el triunfo de la luz y la razón? ¿Somos los paladines de la au­rora, o los negros crespones del atardecer; los hijos de la Luz o de las sombras; portadores del Bien y de La Esperanza o los detentadores del error?


(CONTINUA EL EL PRÓXIMO MES)

JOSÉ MARTÍNEZ FERNÁNDEZ

domingo 23 de agosto de 2009

PALABRAS DE ALIENTO

EL CIELO Y EL INFIERNO

Juan era un hombre bondadoso, pero como a todos le llego el día en tubo que abandonar su cuerpo. Recogido por los ángeles de Dios, fue acompañado al Cielo el lugar donde por justicia, acuden las almas de aquellos que, supieron vivir la vida cultivando las virtudes del espíritu.

En el transcurso del viaje, pidió a los enviados que antes de ascender al Cielo le permitiesen hacer una visita al infierno, ya que allí seguramente habría muchos conocidos a los que gustaría saludar por ultima vez, pues según su entendimiento el Cielo era algo eterno, y antes de acudir a dicho lugar quería despedirse de aquellos a los que ya no vería nunca mas. Los Angeles hablaron entre ellos, y determinaron que era una petición justa y merecida, por lo que accederían a ella.

Se acercaron a una gran puerta de donde emanaba un desagradable olor, dieron unos golpes, y a continuación se abrió la puerta apareciendo ante ellos uno de los funcionarios de dicha entidad, este quedo muy extrañado al ver de frente a servidores del Supremo. Uno de los Angeles le hizo saber la petición de aquel alma que acababa de dejar la tierra, el diablillo quedo perplejo, por tal deseo. Llamo a alguien que parecía ser un superior, comentando lo que aquellos extraños pedían, ambos después de unos minutos de discusión accedieron, con la única condición que solo les enseñarían el comedor donde en aquellos momentos, estaba la mesa puesta.

Después de caminar a través de unos oscuros pasadizos, llegaron frente a una puerta de considerable anchura, al abrirse esta, Juan observo una gran mesa con los manjares mas esquistos que nunca había visto, sin embargo los comensales se insultaban con todo tipo de improperios y parecían muy enfadados los unos con los otros. Observando detenidamente se dio cuenta de un detalle muy importante, los sentados a aquella mesa tenían una cuchara atada a un codo y un tenedor en el otro, por lo que les era imposible poder pegar bocado de aquellos manjares. Entonces comprendió el enfado de los comensales, después de ver aquello y no reconocer a ningún conocido pidió a los ángeles que continuaran el camino. Se preguntaba en su intimidad como seria el cielo.

Juan acompañado por los ángeles ya había atravesado las puertas del Cielo, y en aquellos momentos entraban en el comedor. Ante ellos aparecía una mesa, muy similar a la que había en el infierno, casi se podría decir que la misma, y ademas los sentados a ella también tenían los cubiertos atados a los codos, aparentemente era igual que el infierno, pero... Cuando los comensales empezaron a comer, en lugar de intentar comer, cada uno de ellos daba la comida a sus mas inmediatos compañeros y estos hacían lo mismo, por lo que todos saciaban su necesidad.

El Cielo y el Infierno esta en nosotros mismos en nuestras actitudes, en nuestra forma de enfrentar las dificultades, si somos capaces, de buscar la parte positiva de estas seremos capaces de dar pequeños pasos en el progreso de nuestro espíritu inmortal.

Este pequeña fábula esta basada en una que hace mucho tiempo oí de una gran persona, Manuel Robles y a su memoria quiero dedicar esta adaptación.

Tobias


miércoles 12 de agosto de 2009

REENCARNACIÓN

DESTINOS


DESTINOS CREADOS EN LA VIDA PRESENTE

Si bien todo lo expuesto tiene pleno fundamento, no incurramos en el error de echar toda la culpa al destino o predestinación, de nuestras actuales desventuras; porque, en las más de las veces, se deben a errores en nuestra vida actual, tales como desidia, falta de esfuerzo, descontroles emocionales, vicios, bajas pasiones y otras,. imperfecciones del carácter, factores negativos éstos que arruinarán el destino más prometedor.

Para demostrar el fundamento de esta tesis, vamos a analizar, desde un ángulo psicológico, una de las imperfecciones del carácter, que menos atención recibe de los afectados y que es causa de desventuras e impedimento de éxito en la vida: la ansiedad.

La ansiedad, es un estado emocional manifestado en forma de tensión nerviosa -(síntoma aparente) que puede llevar al afectado a la angustia y hasta la desesperación, si no se sobrepone a ella.

La ansiedad, presiona la mente, envolviéndola en una maraña de vibraciones magnéticas que impiden discernir con acierto y llevan al afectado a cometer errores muchas veces graves. Y la ansiedad sostenida, lleva a la impaciencia, exaltación y angustia (estado aflictivo), todo lo cual ocasiona un derroche considerable de energías psíquicas y nerviosas, causando estragos en el sistema nervioso y glandular, y por ende en la salud. Y cuando se torna crónica por falta de autocontrol, mantiene al afectado en un estado aflictivo doloroso, que puede conducirle a estados depresivos de temor, miedo, duda, desaliento y hasta desesperación que le invalidan para triunfar en la vida y puede arrastrarle hasta el suicidio. Y en el hogar, esta imperfección del carácter (tanto en el hombre como en la mujer) hace estragos.

Aun cuando lo expuesto pertenece al campo de la psicología estructural, lo incluimos aquí con el único objeto de demostrar que, la mayor parte de nuestras deventuras se deben a nuestras imperfecciones y errores, y no a destinos prefijados.

Toda imperfección es perfectible, y esto es axiomático en psicología. Y para alcanzar la perfección, meta a la que todos tenemos que llegar, necesitamos muchas y muchas vidas; pues, en cada una vamos dejando algo negativo y adquiriendo algo positivo. Tantas vidas como sean necesarias para alcanzar la meta. De aquí, la necesidad del esfuerzo en la propia superación.

PREDESTINACION Y FATALISMO


Una vez oí a una persona esta frase: «Bueno, éste es mi destino, qué le voy a hacer; no puedo luchar contra mi destino».

¡¡Craso error!!

Destino -repetimos- no es fatalismo ciego.

Hay sí, una predestinación en la vida de todo individuo. Pero, esto no es fatalismo. Todo destino puede ser modificado todos podemos sobreponernos a nuestro destino aparente, mediante el esfuerzo; ya que nadie conoce con precisión su verdadero destino.

Todos podemos modificar un destino adverso en favorable, si no total al menos parcialmente, mediante el esfuerzo propio. Todo individuo puede trasmutar un destino adverso en favorable, mediante el propio esfuerzo. Toda persona puede triunfar en la vida, si se propone y firmemente se determina a triunfar y pagar el precio del triunfo.

La historia de nuestra humanidad está llena de ejemplos. Lo que acontece, generalmente, es que son pocos los que están dispuestos a pagar el precio del éxito; por eso son pocos los triunfadores. Los más ni piensan en ello, o esperan que la «suerte».., en la lotería o andan afanados con las quinielas.

SEBASTIAN DE ARAUCO



sábado 8 de agosto de 2009

PÁGINA POÉTICA

SE UN BUEN SEMBRADOR

Hombre que vienes a la vida
en busca de tu progreso,
sirve, perdona y olvida
y ama a todo el Universo.

Esparce la semilla del Amor
sea cual sea tu ideología,
aunque te cueste sudor,
te ha de alegrar algún día.

No ha de importarte siquiera
si cae en piedra o en camino,
si en barrizal o en vereda
o en algún otro destino.

Destierra de ti el pensamiento
que te empuja hacia el error,
y da cobijo a un sentimiento
de Paz, Concordia y Amor.

Haz parte de ti la labor
de llevar dicha a la gente,
sé un buen sembrador
y esparce buena simiente.

No te preocupes si alguna
no cae en fértil terreno,
si solamente naciera una,
su trabajo habrá sido bueno.

No procures el renombre,
ni lisonjas, ni agasajos,
ha de alejarse el hombre
de esos sentimientos bajos.

Y entregar abiertamente,
sin ninguna condición,
a toda clase de gente
el interior del corazón

Que éste siempre sea el vigía
que te conduzca a buen puerto,
pues aquél a quien le guía
jamás tendrá un futuro incierto.

No dejes tan sólo un instante
que en ti se pose la ira,
lucha y sigue adelante
y no escuches la mentira.

Bendito tú si te encargas
de agrandar la vida ajena,
si rompes la tristeza amarga
y cambias en risa la pena.

Es la mayor recompensa
que se te puede ofrecer,
sí solamente se piensa
en ayudar, servir y querer.

Verás así de qué manera
hacia ti la dicha viene,
por tener de causa primera
ofrecer al que no tiene.

Qué alegría vivir en paz
con todo tu alrededor,
levanta al cielo tu faz
y da gracias al Creador.

J.M.

Publicado en “Amor paz y caridad” Agosto 1986. Nº 36

domingo 2 de agosto de 2009

RECORDANDO EL PASADO

DEUDAS DE AYER

Siempre que leo algún accidente desgraciado, en el cual parece que eso que llaman casualidad juega un papel importantísimo, me digo a mí misma con íntima convicción: éste es un saldo de cuentas atrasadas, no me cabe duda. Ese acto supremo que llamamos muerte, esa cesación aparente de la vida, ese cambio tan brusco y a veces tan inesperado, no se efectúa sin obedecer a una causa poderosísima, y así pensé cuando leí el suelto que copio a continuación.

UN NIÑO QUE MATA A SU MADRE

“En una casa en las cercanías de Londres, se ha desarrollado uno de esos trágicos accidentes que causan profunda emoción por haber sido originados en un minuto fatal.

Habitaba en la casa una viuda bastante rica, Mrs. Blake, con su hijo, un niño de seis años de edad, de inteligencia muy viva y despierta.

Uno de esos días la señora disponíase a salir para realizar algunas compras, y se hallaba en su tocador arreglandose.

El niño había entrado en la habitación, y a pesar de la advertencia de su madre para que no tocase ninguno ninguno de los frascos y objetos que había sobre la mesa, se empeñó en acercarse al tocador.

Como todos los niños mimados, no quiso hacer caso de la prohibición, y en uno de los descuidos de su madre se puso a registrar los cajones.

Sus manos tropezaron con un objeto extraño; era un revólver de grueso calibre, que la viuda guardaba cargado.

El niño se apodero del arma en el preciso instante que su madre, aún encorsetada y sin haber tenido tiempo para vestirse, corría a arrebatársela.

La criatura hizo un brusco movimiento, y se disparo el revólver, con tan fatal acierto que el proyectil penetró por el pecho de la madre infortunada.

Mrs. Blake lanzo un grito de espanto y cayó exclamando:

! Hijo mío, me has matado ¡ ! Que horror ¡ ! Dios te perdone ¡

La criada acudió a auxiliar a su señora, pero fue inútil todo cuanto hizo para devolverle la vida.

El niño comprendió lo que había hecho, y poseído de terror se abrazo al cadáver de la madre, de donde costo gran trabajo separarle.”

¿Qué lazo unió ayer a esos dos espíritus?—pregunté con verdadera angustia— !recibir la muerte por mano de un ser tan querido, como debe ser un hijo...¡ ! Dios mío ¡ !Dios mío ¡ ¿Qué deuda habrá pagado? ¿Qué plazo se habrá cumplido? ¿Qué historia ha llegado a su último capitulo? ! Qué epílogo tan horroroso ¡ ¿Se puede estudiar en él?

______________

“Sí (me dice un espíritu); en todos los acontecimientos trágicos hay materia suficiente para escribir una historia interesantísima y en esta que te preocupa, hay asunto sobrado para que unos estudien y otros aprendan, por mas que unos de vuestros adagios dice que nadie escarmienta en cabeza ajena, escucha y medita.

Ayer, el niño travieso de hoy era una hermosa joven de clase media, buena y honrada, digna y modesta; y su madre de hoy, era un hombre arrogante, pertenecía a una familia opulenta de la mas antigua nobleza, reunía todos los atractivos para seducir a las mujeres y Olimpia, la joven recatada que vivía vigilada por el amor inmenso de su madre, que era el orgullo de su padre y la alegría de sus numerosos hermanos, supo burlar la vigilancia de todos ellos, y cayó en los brazos del seductor Fernando, el cual acostumbrado a triunfar en todas sus empresas amorosas y por lo tanto hastiado de encontrar mujeres apasionadas, satisfecho el deseo del momento, puso tierra por medio antes que el padre de Olimpia y sus hermanos le pidieran cuenta de su inicuo proceder.

Olimpia, entre tanto, esperó en vano la vuelta de Fernando, perdiendo toda esperanza cuando recibió una carta del ídolo de su corazón aconsejándole que si sus delirios amorosos habían dejado huella, procurara borrarlas puesto que él no podía darle su nombre por cuestiones de familia. Olimpia efectivamente llevaba en si la prueba de su deshonra, y aterrada ante la desesperación de su madre, ante el enojo de su padre y la cólera de sus hermanos cuando se enteraran de su extravío, buscó en el mar el término a tantas tribulaciones, tan herida su dignidad de mujer honrada, tan pesarosa de causar tantos dolores a su familia, que antes de entregarse a las embravecidas olas, dijo así:
“Si hay otra vida, si existe después de destrozar este cuerpo, yo juro vengarme del miserable que me ha hundido en el abismo del deshonor. Y cuando Olimpia en el espacio se dio cuenta que existía, repitió su juramento y volvió a la tierra, eligiendo como madre a su verdugo de ayer. El seductor Fernando volvió a encarnar con la envoltura de mujer y Olimpia le pidió hospitalidad, que su verdugo de ayer le concedió estrechando sus brazos a uno de sus más terribles enemigos de ayer.

El desenlace ya lo has visto, la travesura del niño inocente y la inadvertencia, la torpeza de la madre dejando un arma cargada al alcance de la imprudencia de un niño, todo se combinó para la ejecución de una sentencia que ya te he dicho muchas veces que los verdugos, que los ejecutores de la justicia, son innecesarios para recibir el castigo merecido al criminal de ayer. La pobre mujer ha muerto como debía a manos de una de sus numerosas víctimas y el niño despierto llora amargamente la muerte de su madre, pero durante el sueño esta satisfecho de su venganza, amó tanto a su seductor que no lo pudo perdonar, murió tan desesperado el espíritu ante su deshonra y el dolor que ocasionaba a su familia, que aun hoy cree que perder una vida es poco para expiar todo el daño y la desesperación que causó el afortunado burlador de tanta joven seducida. Estás en lo cierto cuando dices que ante esas muertes imprevistas, ante esas tragedias que se desarrollan en menos de un segundo, hay toda una historia de deshonra y llanto.

No todos los espíritus saben perdonar, no todos se hacen superiores a las desgracias y a las calamidades; si todos supieran perdonar las ofensas, los mundos de expiación no serían necesarios en el Universo. Adiós.”

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Dice muy bien el espíritu, el perdón de los agravios es el Jordán bendito en cuyas aguas desaparecen todas las manchas del pecado; pero !ay¡ el perdón es hasta ahora un río seco y aunque a sus orillas se acercan muchos pescadores, no pueden conseguir lo que momentáneamente desean. ¡No hay agua! ¡No hay amor! Y siguen luchando las pasiones y las víctimas y los verdugos siguen su batalla aumentando sus desaciertos y sus atropellos. ¡Ay de los vengadores! La venganza es la madre de todos los crímenes.

AMALIA DOMINGO SOLER



Extraído de “La luz del Porvenir”. Editada en Villena, el 15 de Octubre de 1908, año II, nº 44

sábado 1 de agosto de 2009

LEYES UNIVERSALES

EL HOGAR DE LA FAMILIA

Hogares desarmónicos y sus causas.
Como hacer del hogar un refugio de paz y amor.

Todos deseamos ser felices. De esto no hay duda. Pero, ¿qué hacemos para tal objeto?

Todos anhelamos tener y vivir en un hogar feliz, que sea un refugio de paz después del trajín del diario vivir a que estamos sometidos en el mundo de hoy. Pero, ¿qué hacemos para ello? Poco o nada. Y salvo excepciones loables, hacemos lo opuesto para tal fin, por la actitud egoísta de anteponer nuestro “yo” (amor propio, orgullo, etc., y en algunos casos capricho) en las relaciones del hogar; todo lo cual induce a esos estados de intransigencia perturbadora de la armonía indispensable para que el hogar sea un refugio de paz, amor y felicidad.

Y esto último no es una quimera, sino una condición de vida que está al alcance de quien quiera conquistarla. Porque, sólo conquistándola podrá disfrutarse.

La primera condición para un hogar feliz es mantener la armonía entre los componentes, especialmente entre los esposos, que son la fuerza rectora y guía de la familia; ya que, un hogar desarmónico es un foco de atracción de vibraciones negativas de fuerzas del mal (seres inferiores de baja condición) y causa de trastornos psicológicos en diversas manifestaciones y consecuencias, y de infelicidad. Y para que esa armonía exista en el hogar, de absoluta necesidad es observar y poner en práctica el amor entre todos los componentes del hogar, que es un darse a los demás componentes de la familia y mucha comprensión. Si cada uno de los componentes de la familia adopta esa aptitud, si cada uno de los miembros de la familia trata a los otros como desea que le traten, no habrá enfados ni reprimendas, no habrá lugar para desavenencias, tan perjudiciales para la buena armonía en el hogar.

De gran amargura es ver el gran número de hogares desarmónicos, consecuencia del egoísmo y falta de delicadeza en las relaciones conyugales. Da pena ver como, personas que se tienen por educadas en la sociedad, actúan en el hogar con vulgaridad y falta de delicadeza, creando con ello un ambiente de desarmonía perturbadora.

Variados son los motivos productores de desarmonía; como los ademanes bruscos, palabras agrias, cotorrear, etc.; pero la causa principal radica en el egoísmo de las partes o ambas que componen el matrimonio, y a veces de algún otro familiar. Porque, el egoísmo con su secuela de amor propio, orgullo, vanidad, afán de dominio, autoritarismo, etc.; es generador de desarmonía y desdichas entre los esposos y demás miembros de la familia. Demostrado está, que no hay egoísta feliz, ya que la felicidad y el egoísmo son incompatibles.

Fácil es apreciar que la mayoría de las desarmonías en el hogar tienen su origen en la actitud de egoísmo que el esposo o la esposa, o ambos, mantienen, por ignorancia de su propia condición egocéntrica, por falta de observación de sus reacciones y sentimientos. Y esa actitud desacertada, va generando un desencanto entre los cónyuges que debilita el amor conyugal, por lo que necesario es evitar por todos los medios, todo comienzo de desarmonía en el hogar.

Las desarmonías suelen comenzar por divergencias sobre pequeñeces del diario vivir o por falta de delicadeza en el trato diario que, con la repetición, van creando en el hogar un ambiente psíquico desarmónico, de funestas consecuencias. Cuando una de las partes quiere hacer prevalecer su criterio sin considerar el de la otra parte, comienzan las desavenencias. Y aquí está el peligro; porque, con esta actitud están emitiendo vibraciones negativas que atraen hacia ese hogar a entidades maléficas del mundo invisible, que les proyectarán vibraciones desequilibrantes, azuzando a las partes, convirtiendo a los esposos, padres, hijos y hermanos, en instrumentos de esas fuerzas negativas. ¿Sabéis lo que esto significa? Si pudieseis ver esa escena, os espantaría.

Esto es también aplicable a los jóvenes entre sí y en las relaciones con los padres. Porque, dado la influencia de las nuevas ideas mal interpretadas; los jóvenes, en el desconocimiento de su inmadurez psicológica, tratan de imponer su criterio juvenil a sus padres que, si bien hay casos con cierto grado de razón, los más carecen de ella. Y muchos jóvenes adolescentes argumentan que sus padres no les comprenden. Ello es cierto en algunos casos; pero, yo les pregunto, ¿tratan ellos, por su parte, de comprender a sus padres? La mayoría no, y se apartan de ellos, en vez de acercarse y aprender de su experiencia.

Si queréis tener y disfrutar de un hogar donde reine la paz y la armonía, es imprescindible que os propongáis desde ahora mismo, hacer todo el esfuerzo posible en contribuir a la felicidad de la otra parte y demás miembros de vuestro hogar, superando el egoísmo y el amor propio, y pronto comenzaréis a sentir en vosotros mismos una sensación más agradable de la vida, sensación que la armonía mental-emocional produce. Y esto no es tan difícil. Haced la prueba, comenzando hoy mismo al llegar a vuestro hogar y esforzándose en mantenerse en esa sintonía.

Cuando la esposa ponga todo su empeño en evitar todo comienzo de divergencia y el esposo haga lo mismo; cuando ambos se propongan firmemente no permitir desavenencia alguna entre ellos, antes bien ceder en sus derechos (y aquí está el punto más difícil, por el orgullo y el amor propio, que demuestran inferioridad de carácter); cuando cada uno de los cónyuges trate de hacer feliz al otro en todo sentido, y esto no es tan difícil; ese hogar irá siendo impregnado de vibraciones de armonía y la paz reinará en ese hogar. Y aun cuando sencilla, ésta es la fórmula maravillosa para la felicidad conyugal. ¿Difícil? No, no es tan difícil si os lo proponéis con determinación firme. Si ansiáis la paz del hogar, bien vale la pena hacer el esfuerzo.

La causa que más contribuye al desencanto y enfriamiento en las relaciones conyugales, son las discusiones o disputas que enardecen o excitan la emotividad. Si queréis mantener siempre ese encanto, esa atracción mutua, esa admiración, ese deseo de acercamiento que os llevó al matrimonio a aquellos de vosotros que estáis casados, y que también llevará a las jóvenes parejas a unirse para la formación de un hogar que añoran pleno de felicidad, es indispensable evitar la discusión en el comienzo de cualquier divergencia, por pequeña que ésta sea. Tomar esta decisión es importantísimo; pues, es en el comienzo cuando hay que atajar el mal, antes que tome cuerpo.

Las discusiones o disputas en el hogar, son altamente perjudiciales en todo sentido; porque excitan la emotividad, y ésta incide en la mente que presiona magnéticamente sobre la facultad de la razón, ofuscándola. Y las personas muy emotivas, llegan a perder el control de sí mismas, con los consiguientes perjuicios. Pero, a más de eso, ese estado psíquico de descontrol produce una desarmonía psíquica y gran derroche de energías, y un gran desequilibrio en el sistema glandular o glándulas de secreción interna, como el hígado, páncreas, bazo y otras, alterando su funcionamiento, con el consiguiente perjuicio para la salud. Además afecta en alto grado al sistema nervioso, ya que el magnetismo generado en esos momentos de discusión, incide en las neuronas, con la consiguiente pérdida de energías nerviosas.

Como en las discusiones o disputas la mayoría no sabe controlarse, suelen salir palabras ofensivas o frases (y generalmente acontece, aunque mucho depende de la educación de las partes), que lastiman la sensibilidad de las personas sensibles, porque las frases hirientes y palabras duras, hacen impacto en la facultad emocional del alma humana, que poco a poco va matando el amor conyugal, tan necesario para la vida en común y para su progreso espiritual. Y cuando hay niños, esas escenas, así como las palabras y frases pronunciadas en esos momentos fuera de control, se graban intensamente en la psiquis de los niños e influirán mucho en su vida. Ante esta responsabilidad, meditad aquellos que sois padres.

Todas o casi todas las discusiones desagradables y enfados en las relaciones de familia, comienzan por pequeñeces de la vida diaria en común. Y es ahí, en el comienzo, donde hay que controlarse, no dando a las cosas más importancia de la que realmente tienen. Nunca habrá discusión si cada una de las partes está determinada a evitarla. Y la parte más inteligente, la más sensata, será la que sepa ceder en el comienzo, evitando con ello males mayores. Y en las jóvenes parejas, las discusiones y enfados caprichosos van produciendo un desencanto que, poco a poco, van matando el amor conyugal. No hay hogar feliz donde los esposos tengan el hábito de discutir. La grandísima mayoría de las separaciones conyugales, se deben a la funesta costumbre de discutir.

¿Habéis visto el aspecto desagradable que ofrecen dos o más personas discutiendo cuando lo hacen acaloradamente? Penoso, ¿verdad? Pues, en ese espejo debemos mirarnos.

Variados son los aspectos y motivos que pueden llevar a la discusión y ésta a degenerar en disputa acalorada, si las partes no se controlan en el comienzo. Las causas principales suelen ser: educación deficiente, vulgaridad, falta de delicadeza, quisquillosidad, amor propio, orgullo, falta de control sobre la emotividad y... egoísmo. Porque, el egoísmo es exigente, absorbente, dominante, amargando la vida de quien lo alimente y de quienes están a su lado. Las personas egoístas son incomprensivas e intransigentes con todo aquel que no piense y actúe como ellos quieren, con lo cual van creando un estado mental de egocentrismo y aislamiento psíquico que irá amargando sus vidas. En toda divergencia de opinión, necesario es razonar. Y para razonar, imprescindible es mantener la calma. Controlarse en el momento mismo del comienzo de cualquier divergencia. Repito, la parte más sensata, la más prudente, deberá ceder, evitando con ello males mayores. Ni importa que considere tener la razón; quien la tenga, se verá después. Pero, quien aprenda a ceder, mantendrá la armonía en el hogar, que es lo más importante. Puede que alguno crea que ello va en menoscabo de su personalidad; muy por el contrario, irá adquiriendo superioridad por la fuerza moral que en sí va desarrollando.

Controlarse en el comienzo o cuando ve venir el problema, es la técnica más efectiva a emplear por toda persona sensata, de todo aquel que se tenga por civilizado, de quien espere gozar de paz, mental-emocional y salud. Para razonar en todo diálogo, es necesario mantener la calma. Controlar la impaciencia, comenzando por desarrollar la calma. ¡CALMA! ¡¡CALMA!!.

Esta palabra, pronunciada o mentalizada lentamente, al comienzo de cualquier incomodidad o contratiempo, tiene una fuerza mágica que la mente imparte a la facultad emocional y actúa como un freno sobre los impulsos. Y aplicándola con frecuencia se establece el hábito, con lo que se consiguen resultados sorprendentes. No lo dudéis. Ponedla en práctica en todo momento de impaciencia o preocupación, y pronto apreciaréis sus magníficos efectos. Todo está en adquirir el hábito, éste actuará automáticamente. Proponeos con determinación firme a no enfadaros y controlar los impulsos, haciendo uso de ese vocablo mágico: C A L M A, muy pronto comprobaremos los resultados.


SEBASTIAN DE ARAUCO