lunes 28 de septiembre de 2009

CONGRESO NACIONAL DE ESPIRITISMO 1981

(Viene del anterior)

CONSIDERACIONES ESPIRITUALES


Si de veras amamos la verdad, si ansiamos librarnos de error, de las tribulaciones del ayer; si deseamos luz y no tinieblas en nuestro porvenir espiritual, hemos de realizarnos sin tapujos, luchar abiertamente contra la negación y la incredulidad, vengan de donde vengan sus ataques; dar nuestro ejemplo al mundo, demostrando a la ciencia positiva que vive equivocada, ciega y dogmatizada con respecto a nosotros y a nuestros, ideales de amor, de paz y bien; y que también tenemos nuestra ciencia, nuestros campos de estudio y de investigación, en donde constatamos, hasta la saciedad, la verdad de la vida espiritual, la existencia del alma más allá de la muerte y el centro del amor universal en nuestro Padre Eterno y bondadoso Dios.

No, no hemos de avergonzarnos, por nada ni por nadie, del nombre que llevamos, de nuestra filiación espiritual, porque otros corazones menos dados al bien y ensombrecidos; porque otras mentes ciegas y obcecadas, turbadas por el dogma y la ignorancia, o bien por mala fe; nos tilden de impostores y farsantes, de locos y chiflados, de ser lo que no somos ni apetecemos ser: aprendices de brujo y nigromantes; hijos de las tinieblas y la superstición, de la vanidad y el craso error.

No basta con sentirnos hermanos de los hombres, paliar sus desventuras, abrir el corazón a la piedad, decir que les amamos y ocultarles la luz de la Verdad; no demostrar al mundo la grandeza del Cielo, el fin de la existencia temporal, el por qué de la vida y de la muerte y el fiel postulado del Bien y del Amor que encarnan y sustentan, irrefutablemente, nuestros ideales.

Kardec nos dejó escritos en caracteres de oro: "Espiritistas, amaros e instruiros, reformaros; pero nunca dejéis de airear la Verdad, de mantener en alto la antorcha de la Vida y el Amor que dejo en vuestras manos para alumbrar al mundo y liberar al hombre del error".

Y, ¿es eso lo que hacemos? ¿Actuamos a escondidas, siempre escurriendo el bulto, o bien dando la cara; abiertos o cerrados a la murmuración, al qué dirán o piensen los demás de nosotros? ¿Seguimos los preceptos de Kardec, o escondemos la antorcha bajo el celemín?

Que cada cual escuche la voz de su conciencia, el soliloquio interno de su ser y, sin visos de pasión, fría y serenamente, respóndase a sí mismo; pero mucho me temo que sean negativas las respuestas que, salvo muy logradas excepciones, todos nos sintamos más o menos culpables de olvido y negligencia, de falta de entusiasmo y cobardía, de ingratitud con Dios y con Kardec. Y ello no está bien. ¿Por qué ha de ser así? 0 somos o no somos inmortales, hijos de la Luz o de las sombras; defensores del alma o muerte de la vida espiritual, creencia o negación.

Como es obvio, todo movimiento se demuestra andando, y si nos rezagamos, si nos detenemos, si obramos a escondidas como el topo, subterráneamente, ¿cuál es nuestra labor? ¿Qué hacemos por los hombres y por nosotros mismos? Nada, casi nada, podríamos decir. Y con la nada a cuestas, sin un bagaje altruista y positivo, remunerador, ¿quién puede progresar, hacer su porvenir espiritual?

Afortunadamente, para todos nosotros, los tiempos han llegado de darnos a la vida, de abrirnos al dolor de los demás, de hacer feliz al hombre por medio del amor, del conocimiento y la verdad; de hacernos mensajeros del Señor, y esparcir sin reparos, sin dudas ni temores, sin más vacilaciones ni actitudes cobardes, el germen redentor, la divina semilla de su Luz y su Amor, limpios de todo dogma y sectarismo, de toda imperfección y luz bastarda, de toda alteración fundamental, a ejemplo de Kardec y Flammarión; de Lombroso y Delanne; de Amalia Domingo, Miguel Vives y Torres Solanot; de cuantos nos sentaron las premisas para alcanzar la gloria inmarcesible del Bien y del Amor, los Planos Superiores del Astral, si sabemos seguirles e imitarles, secundar su labor y estímulo eficaz y constructivo de redención fraterna, de entrega generosa a los demás, en el marco anchuroso y deslumbrante de nuestros ideales redentores.

Apuremos pues el paso y no nos detengamos por más tiempo en la penumbra umbrosa, en la indiferencia y en el comodismo, en la falta de celo y la apatía, en la negligencia y la ambigüedad. Subamos los peldaños de la evolución con ansia y alegría, con paso acelerado y esperanzado afán de conquistar la altura, de hacernos luminarias de los hombres y acercarnos a Dios y al Más Allá. No demos a la vida más de lo que nos pida, más de lo que tengamos; más nunca le neguemos el pan de la Verdad, la Luz de la Esperanza y el agua venturosa del Amor; aquello que tenemos para nuestro alimento espiritual y nos mantiene en pie, abiertos al dolor y en la lucha contra el mal y las tinieblas, contra las negras sombras del error: el credo racional espiritista; la Luz del Evangelio redivivo en su nueva y auténtica versión original.

Siempre que así lo hagamos, siempre que procuremos actuar y comportarnos como es nuestro deber y es nuestra obligación, como así nos lo imponen nuestros conocimientos superiores, sin miedo y sin temor a las inconveniencias del prejuicio humano; del qué digan o piensen los demás de nosotros; de las burlas mordaces y el insulto grosero; de la insuficiencia de moral cristiana de nuestros detractores o jueces mercenarios, patrocinadores del error; entonces solamente entonces, podremos llamarnos espiritistas, discípulos amantes y activos de Kardec; llevar la frente en alto y el corazón en Dios, sentirnos orgullosos del nombre que llevamos, de nuestra filiación espiritual. Mientras tanto...


JOSE MARTINEZ FERNÁNDEZ


sábado 26 de septiembre de 2009

PALABRAS DE ALIENTO

¿Cuanto cuesta un milagro?

Una niña lista, de apenas seis años de edad, oyó a sus padres conversando sobre su hermanito menor. Todo lo que ella sabía era que el niño estaba muy enfermo y que estaban completamente sin dinero.

Iban a mudarse para un apartamento en la zona pobre, el próximo mes, porque su padre no tenía recursos para pagar las cuentas del médico y el alquiler del apartamento. Solamente una intervención quirúrgica muy cara podría salvar el niño.

La niña oyó a su padre decirle a su madre, con un susurro desesperado: “Solamente un milagro podría salvarlo”. Ella fue a su cuarto y sacó el frasco de gelatina de su escondite, en el armario. Volcó todo el dinero que tenía en el suelo, y lo contó cuidadosamente, tres veces.

El total tenía que estar exacto. No había margen de error. Colocó las monedas de vuelta en el frasco con cuidado y cerró la tapa. Salió despacio por la puerta de atrás y caminó cinco esquinas hasta llegar a la farmacia.

Esperó pacientemente que el farmacéutico la viera y le atendiera, pero él estaba muy ocupado en ese momento. Ella, entonces, restregó los pies en el piso para hacer ruido, y nada! Emitió el sonido más fuerte que pudo, pero ni así fue notada su presencia. Por fin, agarró una moneda y golpeó el vidrio de la puerta. Finalmente fue atendida!

“Qué quieres? Preguntó el farmacéutico con voz malhumorada. “Estoy conversando con mi hermano que llegó de Chicago y no lo veo hace siglos”, dijo él, sin esperar la respuesta.

“Bien, yo quiero hablarle sobre mi hermano”, respondió la niña en el mismo tono malhumorado. “Él está realmente enfermo... Y quiero comprarle un milagro.”

¿”Cómo?”, Respondió el farmacéutico admirado.

“El se llama Andrew y está con alguna cosa muy mala creciendo en su cabeza y papá dijo que solo un milagro podría salvarlo.” Y es por eso que estoy aquí. Entonces, cuanto cuesta un milagro?

"No vendemos milagros aquí, jovencita. Disculpa, pero no puedo ayudarte”, respondió el farmacéutico, con un tono mucho más suave.

"Escuche, yo tengo el dinero para pagarle. Si no fuera suficiente, conseguiré el resto. Por favor dígame cuanto cuesta, insistió la pequeña.”

El hermano del farmacéutico era un hombre gentil. Dio un paso adelante y le preguntó a la niña: ¿”Qué tipo de milagro necesita tu hermano?”

“No sé”, respondió ella, levantando los ojos hacia él. “Solo sé que está muy mal y mamá dijo que necesita ser operado. Como papá no puede pagar, quiero usar mi dinero.”



”Cuanto dinero tienes?”, preguntó el hombre de Chicago. “Un dólar y once centavos”, respondió la niña en un susurro. “Es todo lo que tengo, pero puedo conseguir más si fuera necesario”.

“Caramba, que coincidencia”, sonrió el hombre. “Un dólar y once centavos!. Exactamente el precio de un milagro para hermanitos.”

El hombre cogió el dinero con una mano, y dándole la otra a la niña, le dijo: “Llévame a tu casa. Quiero ver a tu hermano y conocer a tus padres. Quiero ver si tengo el tipo de milagro que tu hermano necesita.”

Aquel hombre gentil, era un cirujano, especializado en neurocirugía.

La operación fue realizada con éxito y sin costos. Algunos meses después Andrew estaba en casa nuevamente, recuperado. La madre y el padre comentaban alegremente sobre la secuencia de acontecimientos ocurridos. “La cirugía”, murmuró la madre, “fue un milagro real. Me gustaría saber cuanto costó!”.

La niña sonrió en silencio. Ella sabía exactamente cuanto cuesta un milagro...

Un dólar y once centavos... Más la fe de una pequeña niña...

***

No hay situación por peor que sea, que resista al milagro del amor.

Cuando el amor entra en acción, todo vence y todo calma.

Donde el amor se presenta, alivia el dolor, aleja el sufrimiento y el egoísmo toca retirada.



(Equipo de redacción del Momento Espirita, basado en texto de autor no mencionado. Cuenta que pueda tratarse del Dr. Carlton Armstrong.)

jueves 24 de septiembre de 2009

REENCARNACIÓN

(Continua del anterior)

Necesario es reconocer que no todos los humanos tenemos las mismas capacidades. Pero, triunfar tampoco significa alcanzar todos una misma meta.

No obstante, quien se proponga firmemente triunfar en la vida y hacer el esfuerzo necesario, jamás fracasará. No llegará tan alto como otros con mayor capacidad intelectiva y volitiva; pero, jamás fracasará.

Y este fundamento psicológico es aplicable en todos los campos de la actividad humana, inclusive en la superación de las imperfecciones del carácter.

Más de uno de los lectores argüir. que, esta tesis no concuerda con la expuesta al tratar la Ley de Consecuencias o de causa y efecto. Juzgado así. a la ligera, quizá. Pero, si meditamos y profundizamos, veremos que concuerda plenamente.

Veamos.

La mente, es un foco de energía. Y el pensamiento —producto de la mente—es una fuerza creadora que, por ley de afinidad, atrae fuerzas de la misma naturaleza. Y estas fuerzas mentales bien dirigidas, puestas en acción al servicio de un objetivo, realizan prodigios.

Necesario es conocer que, diariamente, con nuestros sentimientos y pensamientos (que nos llevan a las actuaciones) estamos modificando nuestro destino, para mejor o para peor. Y lo expuesto va dirigido especialmente hacia aquellos que, por falta de esfuerzo, arrastran una vida penosa.

Sostendremos esta tesis, con el siguiente ejemplo:

Dos jóvenes adolescentes con la misma preparación escolar, comienzan a trabajar en una factoría como obreros aprendices.

El uno, al terminar su trabajo diario, asiste a alguna de las muchas clases nocturnas que hoy existen o toma alguno de los cursos por correspondencia, si viviere fuera del alcance de estos centros de enseñanza. Y en unos años, puede graduarse en alguna de las ramas técnicas, con lo que se capacita para puestos de mayor responsabilidad y remuneración a la vez que ascender de categoría en su empresa u otras.

El otro, al terminar el trabajo se va a la tasca a tomar unas copas con alguno de sus compañeros, o al «café» con otros, a charlar sobre aquel gol del último partido, o hablar tonterías, o echar una partida de... algo, etc.; con lo
cual se' embrutece más cada día.

Al cabo de diez años, la posición de estos dos jóvenes, será la misma?

Ciertamente, no. El uno, hizo el esfuerzo; el otro, no Ambos modificaron su destino; cierto. El uno para mejor, el otro para peor.

No obstante, necesario es reconocer que todos venimos a la vida con un objetivo, con un destino, con un programa a realizar, si bien éste pueda ser modificado para mejor o para peor. Aun cuando, generalmente desconocemos nuestro destino, podemos descubrirlo mediante la introspección, el autoanálisis, por medio del cual nuestro Ego nos
guiará.

La Ley, que es Amor, concede al Espíritu el tiempo necesario (siglos y milenios) para que, voluntariamente y a través de las vidas sucesivas, rectifique sus errores y pague sus deudas por medio de la práctica del bien y del amor fraterno.

O sea que, la Ley da a cada ser espiritual múltiples oportunidades (según su grado de evolución) para rectificar rumbos y voluntariamente saldar deudas contraídas. Pero, en vez de esto, el individuo, generalmente, continúa en sus errores, desoyendo el llamado del Ego interno que, por medio de sensaciones que denominamos la voz de la Conciencia, le indica el verdadero camino a seguir.

Entonces, la Ley que es Amor (aunque incomprendida por muchos) proporciona al ser espiritual una vida de dolor, depurador del magnetismo deletéreo, de los fluidos groseros que impregnan su alma y no le dejan ascender en la escala del progreso. El dolor, purificación suprema, cual horno que derrite los elementos impuros: envidias, deseos de maldad, orgullo, egoísmo, sensualismo, etc.; prepara al alma para su ascensión.


SEBASTIAN DE ARAUCO


Publicado: Amor paz y caridad. Nº 26 - Septiembre - 1984




martes 22 de septiembre de 2009

PÁGINA POÉTICA

ENTREGA

Yo te daré la vida por la muerte.
No te importe el dolor que me produzca;
ya sé que amarte, Señor, es sufrimiento,
angustia y soledad, llanto, renuncia...

Ya sé que tu promesa no es el mundo,
He captado, Señor, tus vibraciones,
y sé que más allá de mis tinieblas
me alumbrará la luz de tus amores.

No me importa vivir cara a la muerte,
con el Amor por norte de mi vida,
sabiendo que Tú estás en mi presencia
cuando mi corazón al bien se inclina.

Yo no te buscaré en templo alguno.
Tu iglesia es el Amor Universal,
la paz y la concordia entre los hombres
unidos por el bien y la verdad.

Tu mensaje divino es para todos
aquéllos que te sigan en el bien,
no tienes privilegios para nadie
y a todos por igual nos das tu Ley.

Cumplirla es el deber de todo hombre,
sin distinción de raza, de credo y de color,
de tu divino Amor inmaculado
teniendo como templo el corazón.

Yo no te adoraré en forma alguna,
porque tu ser, Señor, es pura esencia,
y se proyecta en Dios y en los demás
para servir y amar sin diferencias.

Ni buscaré tu Luz en las estrellas,
tus efluvios divinos en el Sol,
porque tu Luz no es Luz de los sentidos,
sino del sentimiento irradiación.

Allí donde el Amor tenga un reducto,
allí donde en tu nombre se haga el bien,
donde la caridad tenga su asiento,
allí, Señor, tu Luz yo buscaré.

Allí te llevaré, Señor, mi ofrenda,
y, en aras del Amor Universal,
me dejaré inmolar por los que sufren
y sienten sed de amor, justicia y paz.

Mi holocausto será retribución
de los bienes del alma que me has dado,
para multiplicarlos en tu nombre
y poder caminar hacia lo Alto.

Para no despeñarme en el abismo
y combatir del mal el signo avieso,
las sombras del error y la ignorancia,
con la divina Luz de tus preceptos.

JOSÉ MARTÍNEZ

Publicado en “Amor paz y caridad” Septiembre 1986. Nº 38


domingo 20 de septiembre de 2009

RECORDANDO EL PASADO



RECTIFICACIÓN Y ARREPENTIMIENTO

El verdadero arrepentimiento es mucho más que el simple hecho de reconocer que nos hemos equivocado. Significa comprender cuáles son los motivos de nuestro error, conocer el alcance real de éste y seguidamente poner todo nuestro empeño en solucionar en la medida de lo posible ese fallo. Aunque para llegar a ello, es preciso en primer lugar admitir que todos sin excepción cometemos errores; por consiguiente, nunca hemos de creer que son los demás los que siempre se equivocan y que nosotros, por supervalorarnos en exceso jamas erramos. Caso contrario, cerraríamos el paso al reconocimiento interno de cualquier tipo de incorrección en nuestro comportamiento, circunstancia que de cara al mejoramiento de nuestra personalidad y carácter se ha de superar.

Debemos pensar que si no estamos en disposición de admitir y comprender nuestras faltas, nunca podremos rectificarlas. Situación que aunque fácilmente entendemos, rara vez la trasladamos a la práctica y continuamos creyendo que no tenemos defectos y que son otras las causas las que han producido un determinado hecho incorrecto.

En este sentido, hemos de observar que cuando no nos encontramos satisfechos de algo en concreto, es porque no se ha puesto por nuestra parte el esfuerzo necesario para que todo aconteciera lo mejor posible; así podremos valorar que si esto ocurre, es debido a que el error está en la mayoría de los casos en nosotros, en nuestro interior. En ocasiones resulta difícil poder llegar a esta conclusión, por pensar que si los demás no se hubieran comportado de esa forma, nosotros no les hubiéramos pagado con la misma moneda. Tal como Jesús manifestaba: “No hay que ver la paja en el ojo ajeno, antes hemos de observar la viga en el nuestro”. Así evitaremos engañarnos a nosotros mismos con falsas justificaciones, procurando enmendar todo aquello que entre dentro de nuestras responsabilidades.

El reconocimiento de las propias faltas es fundamental, y hay que saber encauzarlo debidamente. No consiste de ningún modo en lamentarnos continuamente de ello. No se trata de pedir perdón sin más, de pretender que nuestro error quede en el olvido y que jamás se nos pidan cuentas de él. Tampoco consiste en “hacernos la víctimas” de lo sucedido y creer que ya no hay remedio ni solución. Podemos pensar que el arrepentimiento es asumir constantemente las culpas de ello, para así aminorar un poco las consecuencias del error, pero de esta forma lo único que conseguimos es crear un circulo vicioso en nuestra mente, que nos impide ver las cosas con claridad; así nunca saldremos del error y cargaremos nuestra existencia de malestar y derrotismo.

Hemos de ser consecuentes con nosotros mismos y admitir que éramos plenamente conscientes del alcance de nuestra actuación, y que sin embargo en aquel momento nos fue más cómodo dejarnos llevar por las propias debilidades, ignorando nuestros deberes y esa voz de la conciencia que nos advertía ante el error. Esta situación nos debe ayudar a comprender que hemos de caminar por el sendero recto, pues aquellos que escuchan a su conciencia espiritual, no a la humana, la cual nos lleva hacía actitudes egoístas, saben lo que han de hacer en cada momento y a pesar que surjan tentaciones, se dejan aconsejar por el buen actuar que su conciencia les dicta, evitando lamentaciones tardías, que no sirven de nada. Es preferible obrar en el momento preciso para así no perder el tiempo con vanas disculpas ni con errores innecesarios.

A pesar de saber lo anterior, la realidad es que seguimos equivocándonos y no hemos de decaer por ello, al contrario, hemos de sacar fuerzas de flaqueza y aunque sea un duro golpe en nuestro amor propio, reconocerlo y trabajar para que en lo sucesivo no tropecemos en la misma piedra. Los errores son positivos, nos enseñan dónde no debemos volver a caer. Hay que sacar esa experiencia de los mismos. Todos fallamos, pero unos no se preocupan por ello y otros luchan para poco a poco superarlo; he aquí donde estriba la parte beneficiosa del error, y es que a través de él ponemos en marcha esas cualidades internas para enmendarnos, y así empiezan a aflorar buenas actitudes que eliminan malos hábitos de comportamiento. Si no cometiéramos errores, nos conformaríamos con lo que somos y tenemos, y nunca progresaríamos en los diferentes campos ya que se carecería de ganas para superarse constantemente.

Para superar cualquier incorrección es preciso primeramente localizarla en nuestro actuar, circunstancia, como hemos visto, difícil; pues a menudo solemos excusarnos con pretextos para evitar reconocerlo. Aunque si en nosotros existe el deseo verdadero de ayudar y ir entregandonos a buenas obras, nos iremos percatando que hay motivaciones, tanto exteriores como interiores, que intentan apartarnos, y por tanto, si queremos seguir caminando hay que eliminarlas.

Este reconocimiento interno de esas imperfecciones del carácter, va parejo al arrepentimiento de las mismas, lógica consecuencia de aquella persona que se exige a sí misma un comportamiento justo y enmarcado en el bien, para quien toda actitud que le aparte de sus metas, ha de ser corregida con voluntad decidida. Este es el verdadero arrepentimiento y no aquél que lo tomamos como una humillación o un castigo que se ha de imponer uno mismo.

Debemos aprender que la justicia divina siempre da a todos los seres humanos nuevas oportunidades para enmendarse y rectificar sus faltas a través de la siembra del Amor, con voluntad y esfuerzo. Y que a pesar de no querer cambiar de actitud, se nos presentarán circunstancias que aunque en un primer momento nos causan dolor, poco a poco nos ayudarán a valorar cuál es la senda que se ha de seguir.

Se precisa a tal fin un poco de humildad, ayudémonos de la conciencia la cual junto al conocimiento espiritual y moral que nos ejemplificó Jesús, nos marcará las pautas de comportamiento que hay que seguir. Sólo así alcanzaremos la paz interior tan anhelada, viva muestra de aquel que cumple con sus responsabilidades y deberes para con los demás y para consigo mismo.

Si algo nos impulsa, nos inquieta en nuestro interior, es porque la voz de la conciencia nos avisa de algo que no funciona. Sepamos canalizar esa inquietud interna y cambiar de proceder, si así fuera necesario. Cuando caminemos por esa senda que desde siempre grandes maestros espirituales nos han señalado, observaremos que todo va bien y vamos conquistando mayores logros morales al ofrecernos con total desinterés a todos nuestros semejantes sin distinción.

F.M.B.


Si padeces un error, ten la nobleza de confesarlo y rectificarlo. Fuera insensato que siguiese uno andando al notar que se ha equivocado de camino.

ARTURO CUYAS


Publicado: Amor paz y caridad. Nº 34 - Mayo - 1985

lunes 14 de septiembre de 2009

LEYES UNIVERSALES

EL HOGAR DE LA FAMILIA (2ª PARTE)



Hogares desarmónicos y sus causas.

Superación de las causas por el amor.



De grandísima importancia para la armonía en el hogar y en la vida de relación, es el lenguaje: palabras y frases suaves, así como los ademanes. ¡Cuántos matrimonios fracasan ya desde el comienzo mismo, por una palabra hiriente o frases despectivas que hieren las almas sensibles, contribuyendo inconscientemente a ir apagando el amor conyugal, que debe mantenerse siempre para la felicidad en el hogar!



Algunas personas hay que, para demostrar su desagrado por algo, reaccionan con ademanes violentos, evidenciando con ello su baja condición, su ordinariez, que hieren profundamente las almas sensibles. Condición ésta que los padres pueden contribuir a evitar con una educación adecuada y buenos ejemplos a sus hijos, especialmente en la infancia, que es la edad de mayor receptividad.



Toda palabra dura u ofensiva produce un fuerte impacto en las almas sensibles. Y si esa palabra o frase es proferida por la persona amada, por el cónyuge o por alguno de los hijos ya mayores, el efecto es perturbador. Sólo las personas vulgares y ordinarias, pueden caer tan bajo como para proferir palabras duras o frases que puedan lastimar, o ademanes bruscos que le asemejan al bruto. Es de personas dignas y bien educadas no caer en esa degradación, ni echar en cara los defectos del cónyuge. Y si en un momento de ofuscación aconteciere (que debe evitarse por todos los medios), es de obligación manifestar su error y pedir disculpas y perdón por lo ocurrido, desoyendo la “voz” del orgullo que tratará de interponerse.



Deseo hacer hincapié en la necesidad de controlar la emotividad, poniendo en práctica el vocablo mágico: ¡CALMA! ¡CALMA!. Necesario es evitar todo comienzo de discusión o disputa. Y si por el estado de ánimo de una de las partes, no hubiera posibilidad de diálogo en el momento, aplazar el objeto-motivo para otro momento más propicio. Sin menoscabo de la personalidad, el cónyuge más sensato y prudente, tomará la iniciativa en el ceder y en el callar; porque, quien sepa ceder a tiempo demostrará mayor sensatez y superioridad moral, superioridad que ejercerá siempre con amor. Dijo el Maestro: “Bienaventurados los mansos”...



Siendo la feminidad expresión de dulzura y delicade­za, por lógica corresponde a la mujer manifestar esos bellos atributos, tomando la iniciativa en el ceder y en el callar, en los momentos que surja cualquier dificultad. Como sabemos, la ternura es más propia de la naturaleza femenina, con la que puede aminorar y hasta suavizar el temperamento agresivo del hombre. Por ello, la mujer que sabe ceder y sabe callar a tiempo, mantendrá la armonía en el hogar y conquistará el aprecio y respeto de su marido y demás miembros de la familia; y esa unión conyugal se fortalecerá más y más a medida que los años pasen. No me refiero a un callar pasivo, sino a un callar prudente. Y la mujer que no sabe callar y no sabe ceder, debe aprender a hacerlo, debe ejercitarse en esa práctica a fin de crear ese hábito maravilloso; pues, de lo contrario, su matrimonio puede naufragar, y ella sería la más perjudicada.



Además de lo expuesto, es necesario tener en cuenta que, tanto las palabras como los ademanes, así como los detalles de la vida familiar, se graban en la mente de los hijos, especialmente en la infancia, e influirán en su futuro. Los altercados entre cónyuges que no hay armonía, pueden producir traumas psíquicos en los hijos, en diversa intensidad. Y ampliando un poco este aspecto de los hijos, los padres jamás deberán contradecirse delante de ellos. Cualquier diferencia de opinión deberá analizarse a solas, en una modalidad razonada; pero, ambos deberán respetar las decisiones que una de las partes haya tomado en relación con los hijos. Si la madre indicó una tarea determinada, por ejemplo, el padre no deberá contradecirla o indicar lo contrario delante de ella, ni desautorizar a su consorte, porque produciría consecuencias perniciosas. Y lo mismo corresponde a la madre.



Las incomprensiones, tan frecuentes en algunas familias, tienen su origen en el egocentrismo de sus componen­tes. Generalmente no tratamos de comprender a aquellos con quienes convivimos, sino de que nos comprendan. No sabemos o no queremos escuchar, esforzándonos, sin embargo, en que nos escuchen. Y con ello, adoptamos inconscientemente, una actitud de intransigencia que nos impide razonar, llegando así a la incomprensión y falta de entendimiento entre los miembros de una familia.



Y a los jóvenes adolescentes, digo: no discutáis o disputéis con vuestros mayores, dialogad con calma y razonada­mente. Respetad y amad a vuestros padres, ya que también a ser padres llegaréis. No os dejéis influenciar por esnobismos o tendencias de mentalidades juveniles inmaduras que, en su irreflexión o inferioridad, pretendan induciros a tomar una actitud de rebeldía hacia vuestros padres que, salvo algunas excepciones, pueden enseñaros y daros el fruto de sus experien­cias, si a ellos os acercáis.Seamos comprensivos y no nos aferremos nunca a nuestro punto de vista, para no ofuscarnos; porque, esa actitud nos conducirá a la intransigencia generadora de desarmonía. Escuchemos y analicemos siempre las razones de la otra parte, esposa o esposo y de aquellos con quienes convivimos.



Necesario es conocer que son muchísimas las familias que sus componentes vienen unidos ya desde vidas anteriores: ya por lazos de amor, ya por lazos de odio; y que en este último caso encarnaron con el compromiso y propósito de transmutar ese odio en amor, a través de los lazos de la sangre y convivencia familiar. Sabemos que la gran mayoría de las uniones matrimo­niales son reajustes de viejos desajustes en vidas pasadas, y en muchos casos enemigos o litigantes que, la Ley une por medio de los lazos de la carne, para que en esa unión del diario vivir en los intereses comunes, vayan creando ese acercamiento espiritual necesario.



Por ello, hemos de hacer todo esfuerzo posible para mantener la armonía en el hogar, por medio de la comprensión mutua, que lleva a un ceder por la parte más evolucionada, a fin de suavizar las asperezas resultantes del propio atraso evolutivo, e ir acercándose al amor espiritual, que conduce a la armonía plena de las almas. Armonía que va sublimando el Espíritu de los cónyuges y demás miembros de la familia, para continuar ascendiendo y alcanzar los planos de felicidad al pasar a la otra vida.



Son muchos los espíritus que encarnan unidos en familia para el reajuste de viejos errores. Y cuando ese reajuste no llega a efectuarse en la existencia actual, por rechazo de alguna de las partes del compromiso hecho antes de encarnar, esas vicisitudes volverán a presentárseles en vidas humanas posteriores, generalmente más difíciles. Por ello, es necesario superar ahora toda vicisitud adversa, toda desavenen­cia. Si alguno de vosotros tenéis por compañera o compañero -esposa o esposo- a un ser incomprensivo, no dejéis de hacer todo el esfuerzo posible para ayudarle en su evolu­ción, aún cuando tengáis que desafiar opiniones o prejuicios ambientales (de familiares o amistades); ya que de ese modo superaréis la prueba o pruebas que os correspondan. Debéis saber que, a la hora de la muerte física, cada uno seguirá al plano espiritual que le corresponda por su grado de evolución.


SEBASTIAN DE ARAUCO